Corrían las 6 de la mañana y todavía lucía oscuro. Pero se venía de a pocos el día y entonces los pisqueños empezaban a regresar al centro de su devastada ciudad. Ahí llegó el momento de separarnos, Aquije nos dejó a su primo como guía (lamentablemente había perdido su hogar pero felizmente salió ileso junto a su familia) e iniciamos la caminata de casi 2 kilómetros hacia la Plaza de Armas. Habríamos camindo un kilómetro, ya había amanecido y la tristeza comenzaba a reflejarse en la cara de población. Fue ahí cuando subimos a la tolva de una camioneta.
Empezaron los relatos nerviosos de quienes nos acompañaban en el vehículo. Todos los vecinos reafirmaban que habían muchos muertos en la Plaza de Armas, que se había derrumbado la Iglesia San Clemente y que las casas estaban destruidas. En mi mente, me imaginaba sólo unos 50 muertos que en sí para mí ya eran demasiados y los hogares con las paredes derrumbadas.
Pero no, todo fue distinto. ¿Cincuenta muertos? ¡Qué iluso!. Ni bien llegamos y el clima de dolor nos envolvió. Estábamos ahí frente a la Municipalidad, fueron escenas muy fuertes: habían hileras de muertos, decenas, quizá centenares y ni siquiera estaban cubiertos. La sangres o sus restos estaban desparramados por todos lados, al costado la Iglesia con un cadáver en medio de la fachada que era lo único que había quedado en pie. Adentro unas 100 familias habían estado en una misa de difunto cuando llegó el trágico sismo.
Casi las 7 de la mañana y sólo unas 2 ambulancias en la zona, nadie más. Ahí dimos un recorrido por las diversas calles de Pisco, quienes sobrevivieron pedían ayuda al gobierno, otros sólo se resignaban al llanto al perder a su ser querido en la catástrofe. Mi mirada lucía perdida, no lo podía creer. La ciudad parecía bombardeaba, por donde volteaba había un cadáver, niño, bebitas, mujeres o ancianos, todos con el mismo rostro de dolor y desesperación, todos envueltos en tierra. Los perritos continuaban aullando y el pánico a una réplica aún estaba latente.
Llegamos al hospital San Juan de Dios, la sala de heridos estaba llena y faltaban manos a los médicos. No podía con semejante tragedia, las heridas son inimaginables y la sangre estaba por todos lados. De ahí, nos encontrábamos en el Estadio, quizá donde muchas familias habían pasado jornadas alegres viendo a sus pequeños con el balón, ahora era un velorio. Muchos contaban sus testimonios en medio de la tragedia. "Vi a un amigo de la infancia morir frente a mis ojos por salvar a su hija", me decía un joven aún asustado.
No lo podía creer. Vi como un padre sentía como perdía la vida al recoger el cadáver de su esposa e hija. Seguía sin creerlo y las lágrimas empezaban a brotar. No lloraba pero me chocó bastante, no reaccionaba para nada. Luego regresamos a la Plaza de Armas. Ahí volvimos a ver al chofer de la móvil. Sentimos alivio pues tendríamos como regresar a Lima. El centro se había convertido en un cementerio. Más de 200 muertos, según la policía, todos colocados ahí a la espera de ser identificados y muchos familiares en medio del llanto y la desesperación.
Recién a las 9 de la mañana empezaban a llegar los bomberos, la policía y más ambulancias. Fue Pisco la ciudad que más sufrió aquel fatídico día. Luego de tener testimonios y las fotos (muy difícil de conseguirlas en una situación así pues molesta tener que estar trabajando en medio del sufrimiento de un pueblo y mas aun no poder hacer nada por ellos), decidimos partir a Ica a encontrarnos con los demás del diario. Luego llegaría hasta el presidente a Pisco.
Tras una hora más de viaje llegamos a Ica, la Iglesia de Luren estaba destruida, las calles y muchas casas también pero no tanto como Pisco. El hospital había colapsado con tanto muerto y herido. Alrededor de las 2 de la tarde, empezábamos el camino de regreso y con los rostros aún desencajados empezábamos a preocuparnos de cómo mandar la nota, cosa que hicimos como a las6 y media de la tarde pues demoramos mucho en salir de la congestionada y rota Panamericana Sur. Demoramos en mandar el material, pero todo llegó bien. Para olvidarnos de los momentos trágicos, decidimos comer algo. En Cañete no pudimos y fue en Lima cerca a las 12 de la medianoche que recién pudimos ingerir alimento alguno. Ya al fin regresaba a mi casa.
Al llegar hablé con unos amigos, y se dieron cuenta al instante que me sentía mal. Sin ganas de bromear, ni de nada, seguía sin creer lo que había visto. No pensaba regresar nunca más pero por mi mente pasaba sacudirme de esas malas escenas y volver después ya cuando empezaban las ayudas a los miles de damnificados. En realidad, no sabía si debía volver o no. Finalmente, regresaría a una semana del terremoto. Pisco seguía destruido, a las 7 de la noche ya muchos dormían en medio de la oscuridad pues muy pocas calles tenían luces. Sin embargo, el sufrimiento y el reclamo por ayuda no cesaban. En plenos escombros, las carpas sobresalían. El olor era desagradable y seguían las noticias de más y más cadáveres.
Ahora ya estoy más tranquilo luego de pasar esa stuación difícil en medio del desastre y a pesar que los días pasan, no será nada sencillo olvidar aquellos rostros de dolor de los pisqueños ni las escenas del levantamiento de cadáveres, de niños inocentes que tenían una vida por delante. Aún siento tristeza por esa horrible situación. Si bien no ha habido orden en las entregas de donaciones y una desorganización total por parte del Estado y entes como Defensa Civil, sólo queda seguir apoyar¡ndo y ayudar a quien podamos y como podamos para que logre salir adelante. Ayuda es lo que más se necesita. Hoy más que nunca.