lunes, 3 de septiembre de 2007

TERREMOTO PARTE III ... Tristeza y dolor. Sólo eso...

Corrían las 6 de la mañana y todavía lucía oscuro. Pero se venía de a pocos el día y entonces los pisqueños empezaban a regresar al centro de su devastada ciudad. Ahí llegó el momento de separarnos, Aquije nos dejó a su primo como guía (lamentablemente había perdido su hogar pero felizmente salió ileso junto a su familia) e iniciamos la caminata de casi 2 kilómetros hacia la Plaza de Armas. Habríamos camindo un kilómetro, ya había amanecido y la tristeza comenzaba a reflejarse en la cara de población. Fue ahí cuando subimos a la tolva de una camioneta.
Empezaron los relatos nerviosos de quienes nos acompañaban en el vehículo. Todos los vecinos reafirmaban que habían muchos muertos en la Plaza de Armas, que se había derrumbado la Iglesia San Clemente y que las casas estaban destruidas. En mi mente, me imaginaba sólo unos 50 muertos que en sí para mí ya eran demasiados y los hogares con las paredes derrumbadas.

Pero no, todo fue distinto. ¿Cincuenta muertos? ¡Qué iluso!. Ni bien llegamos y el clima de dolor nos envolvió. Estábamos ahí frente a la Municipalidad, fueron escenas muy fuertes: habían hileras de muertos, decenas, quizá centenares y ni siquiera estaban cubiertos. La sangres o sus restos estaban desparramados por todos lados, al costado la Iglesia con un cadáver en medio de la fachada que era lo único que había quedado en pie. Adentro unas 100 familias habían estado en una misa de difunto cuando llegó el trágico sismo.

Casi las 7 de la mañana y sólo unas 2 ambulancias en la zona, nadie más. Ahí dimos un recorrido por las diversas calles de Pisco, quienes sobrevivieron pedían ayuda al gobierno, otros sólo se resignaban al llanto al perder a su ser querido en la catástrofe. Mi mirada lucía perdida, no lo podía creer. La ciudad parecía bombardeaba, por donde volteaba había un cadáver, niño, bebitas, mujeres o ancianos, todos con el mismo rostro de dolor y desesperación, todos envueltos en tierra. Los perritos continuaban aullando y el pánico a una réplica aún estaba latente.

Llegamos al hospital San Juan de Dios, la sala de heridos estaba llena y faltaban manos a los médicos. No podía con semejante tragedia, las heridas son inimaginables y la sangre estaba por todos lados. De ahí, nos encontrábamos en el Estadio, quizá donde muchas familias habían pasado jornadas alegres viendo a sus pequeños con el balón, ahora era un velorio. Muchos contaban sus testimonios en medio de la tragedia. "Vi a un amigo de la infancia morir frente a mis ojos por salvar a su hija", me decía un joven aún asustado.

No lo podía creer. Vi como un padre sentía como perdía la vida al recoger el cadáver de su esposa e hija. Seguía sin creerlo y las lágrimas empezaban a brotar. No lloraba pero me chocó bastante, no reaccionaba para nada. Luego regresamos a la Plaza de Armas. Ahí volvimos a ver al chofer de la móvil. Sentimos alivio pues tendríamos como regresar a Lima. El centro se había convertido en un cementerio. Más de 200 muertos, según la policía, todos colocados ahí a la espera de ser identificados y muchos familiares en medio del llanto y la desesperación.

Recién a las 9 de la mañana empezaban a llegar los bomberos, la policía y más ambulancias. Fue Pisco la ciudad que más sufrió aquel fatídico día. Luego de tener testimonios y las fotos (muy difícil de conseguirlas en una situación así pues molesta tener que estar trabajando en medio del sufrimiento de un pueblo y mas aun no poder hacer nada por ellos), decidimos partir a Ica a encontrarnos con los demás del diario. Luego llegaría hasta el presidente a Pisco.

Tras una hora más de viaje llegamos a Ica, la Iglesia de Luren estaba destruida, las calles y muchas casas también pero no tanto como Pisco. El hospital había colapsado con tanto muerto y herido. Alrededor de las 2 de la tarde, empezábamos el camino de regreso y con los rostros aún desencajados empezábamos a preocuparnos de cómo mandar la nota, cosa que hicimos como a las6 y media de la tarde pues demoramos mucho en salir de la congestionada y rota Panamericana Sur. Demoramos en mandar el material, pero todo llegó bien. Para olvidarnos de los momentos trágicos, decidimos comer algo. En Cañete no pudimos y fue en Lima cerca a las 12 de la medianoche que recién pudimos ingerir alimento alguno. Ya al fin regresaba a mi casa.

Al llegar hablé con unos amigos, y se dieron cuenta al instante que me sentía mal. Sin ganas de bromear, ni de nada, seguía sin creer lo que había visto. No pensaba regresar nunca más pero por mi mente pasaba sacudirme de esas malas escenas y volver después ya cuando empezaban las ayudas a los miles de damnificados. En realidad, no sabía si debía volver o no. Finalmente, regresaría a una semana del terremoto. Pisco seguía destruido, a las 7 de la noche ya muchos dormían en medio de la oscuridad pues muy pocas calles tenían luces. Sin embargo, el sufrimiento y el reclamo por ayuda no cesaban. En plenos escombros, las carpas sobresalían. El olor era desagradable y seguían las noticias de más y más cadáveres.

Ahora ya estoy más tranquilo luego de pasar esa stuación difícil en medio del desastre y a pesar que los días pasan, no será nada sencillo olvidar aquellos rostros de dolor de los pisqueños ni las escenas del levantamiento de cadáveres, de niños inocentes que tenían una vida por delante. Aún siento tristeza por esa horrible situación. Si bien no ha habido orden en las entregas de donaciones y una desorganización total por parte del Estado y entes como Defensa Civil, sólo queda seguir apoyar¡ndo y ayudar a quien podamos y como podamos para que logre salir adelante. Ayuda es lo que más se necesita. Hoy más que nunca.

domingo, 2 de septiembre de 2007

TERREMOTO PARTE II ... El camino de ida

Ni bien me enteré que viajaba no tuve otra que avisar a mi casa para que alisten mi mochila. Felizmente, nuevamente entró la llamada, también felizmente mis papás no lo tomaron mal ni se preocuparon. También hablé con mis amigos de la plaza y de la universidad, el que menos me decía "Qué miedo huevón" y cuando escuchaba sus palabras pensaba "¿por qué no estudié ingeniería?", pero ya estaba ahí. No había marcha atrás.

Del diario, íbamos cuatro (dos redactores -Julio y yo- y dos gráficos - Aquije, quien lucía preocupado por tener familia en Ica, y Jean Marco-). Nos llevaron a cada uno a nuestras casas a sacar lo necesario. Mis patas del barrio sólo atinaban a decirme "Nos vemos en la otra" o "Va a haber réplica de 9º ¿qué vas a ir?". Bordeando las 12 de la medianoche estábamos cerca de la Panamericana Sur, paramos en un grifo y compramos sandguches, agua y Red Bull. Ahí imaginé que nadie dormiría . Previamente, Bernabé el chofer de la móvil ya había sido amenazado de no dormirse. Empezaba el largo recorrido escuchando RPP para enterarnos con qué nos íbamos a encontrar al llegar.

Durante el camino, el miedo seguía adherido a mí pero lo disimulaba con risas y jodas típicas de un viaje con gente conocida. La carretera lucía destrozada, las grietas eran espectaculares (preguntarle a Aquije que literalmente la tierra se lo tragó), los postes casi caídos y algunos autos botados en los costados. Empezaba a primar el tráfico. Todos querían llegar y nadie dejaba pasar. Sólo se veían muchos buses, camiones y autos particulares en la pista. El cielo despejado y el olor a mar también se hacían presentes. No nos quedaba otra que caminar por ratos, incluso en un momento perdimos a la móvil.

De nuevo en el auto llegamos sólo hasta el puente San Clemente donde el asfalto se había alzado y los autos no pasabn. Los pasajeros de los buses empezaban el transbordo, nosotros la caminata. Se veía sólo el fuego con el cual se daban calor muchos damnificados y estábamos a casi dos horas (a pie) de Pisco. En este largo camino en la oscuridad, planeábamos quién iría a qué lugares para ganar tiempo y cubrir todo. Según las informaciones, era Ica la ciudad más devastada. Por ello, Aquije y Julio se iban a Ica, por ser más viejos en la chamba, y Jeanmarco y yo que ni siquiera habíamos visto un muerto en nuestra vida iríamos a Pisco.


Nos encontrábamos en la Panamericana Sur, en la "repartición" (pista que se dirige a Pisco) donde todo el pueblo que había sobrevivido al terremoto pasó la noche. Sólo se abrigaban con una sábana, lo habían dejado todo por el pánico que invadió el pueblo. Ahí fue cuando nuestro grupo se separó. Iniciamos el camino a Pisco mientras amanecía. La gente huía en familias, el exilio de las personas con las miradas perdidas y signos de dolor me traían a la mente las fotos de una guerra. Esas escenas me hicieron recordar mi época de redactor de Internacionales durante el tiempo de la guerra en Líbano y las fotos de AFP. Empezaba a no creer que esas imágenes las vería en mi país.

Un día que no olvidaré


Cortesía: Diario La Primera, Andina y AFP.

TERREMOTO PARTE I... La grata y detestable oportunidad de estar en la zona del desastre

Era un miércoles tranquilo en el diario. Una tarde donde no tenía computadora ni nada qué hacer, durante todo el día lo único que había realizado había sido una nota sobre Aspec, su roche con los juguetes y unos Nokia. Las horas pasaban y por mi mente sólo corría la idea de salir porque tenía que jugar fulbito. Sin embargo, el reloj marcó las 6:40pm. y de pronto todo empezó a temblar, la luz oscilaba y el pánico entraba en muchos.
En un inicio, lo tomé con naturalidad, pensaba que era tan sólo un temblor como los que sacuden Lima de vez en cuando. Pero el largo tiempo que duraba y el remezón más fuerte obligó a evacuar la redacción. Ahí me asusté al ver a la gente desesperada en las calles, la pista 'ondeaba', los postes se querían caer. Muchos rezaban y yo preocupado por mi familia.
De regreso en la redacción, todos buscábamos información sobre el terremoto. Las líneas de teléfono colapsaron y el Msn era nuestra única comunicación. Ahí fue cuando nos dimos cuenta que era un terremoto con epicentro en el mar frente a Pisco el causante de nuestro temor. En ese momento, nadie se imaginaba lo peor. El rumor de casas caídas en el Rímac sonó con más fuerza y yo al ser el único redactor de Locales veía como mi idea de jugar se desvanecía para afrontar un recorrido por las calles de Lima y sobre todo por los lugares donde los techos estaban por los suelos.

Empezó el recorrido con el gráfico y el chofer de la móvil. La desesperación se apoderó de las calles, todos apurados buscaban taxi para llegar a comunicarse con sus familias (Felizmente había podido comunicarme con la mía). Si bien, el tráfico a las 7 de la noche en Lima es insoportable, ese día fue peor. Llegamos a una quinta en el Rímac en la cual el techo se vino abajo, tenía miedo de ingresar pero lo hice. Sacaron las fotos y partimos buscando más casas en peligro o vidrios rotos, también hubo un incendio y muchas antenas se cayeron. Sólo atinábamos a escuchar las noticias en la radio donde reportaban que se había sentido en todo el país.

De regreso, fue por primera vez que escuchamos la palabra "Muertos". Llegamos con la idea que había 4 en Ica y muchos se sorprendían que no haya más por la magnitud y la fuerza del sismo. Entramos a la redacción y nos dimos con la noticia que habían 17 muertos. ¡Ya era una tragedia!, también reportaban la Iglesia de Luren caída, pasaban los minutos y el número de víctimas incrementaba. Terminaba mi nota y pensaba en llegar a mi hogar, cuando mi editor en son de broma me dice:" Oe alista tus cosas que te vas a Ica". Les respondí: "¿Qué? ¿En serio?". Fue ahí cuando pensé que para mi carrera era una bonita experiencia pero por dentro sólo tenía miedo. Entonces, no quedaba otra. Ya empezaba el viaje...